27 octubre, 2006

Guatemaliña

Hace casi tres meses que me trasladé de Cataluña a Galicia. A primeros de agosto fue. Menudos tres meses para Galicia. En agosto, ví el país ardiendo por todas partes. En setiembre se produjo un vertido tóxico en el río Umia y Caldas está sin agua potable desde entonces (y Caldas ya las había pasado putas con los incendios). ¡Ah! En setiembre también nos visitó el huracán «Gordon». En el interior no se notó tanto, pero en la costa lo pasaron bastante mal. Este mes de octubre, durante los primeros 26 días no paró de diluviar ni un sólo día en toda Galicia. Hubo varias inundaciones y riadas de lodo. Horrible.

Actualización: Hoy hace sol aquí en Santiago. Calor si me apuras. Yo flipo.

He llegado a pensar si soy gafe. Pero prefiero no darle demasiadas vueltas a esto, que me deprimo.

La reflexión que quiero hacer es otra:
Muchas veces, viendo telediarios, me he fijado en que las únicas noticias que tenemos de sitios como Guatemala, Honduras o El Salvador es que allí hubo un terremoto, o pasó un huracán, o tienen unas inundaciones salvajes, o se desploma una montaña de lodo sobre una ciudad, o tienen un volcán en erupción para desayunar.

He pensado muchas veces viendo esas imágenes:

-¿Pero de verdad vale la pena quedarse a vivir en un sitio así?

También he tratado de imaginarme a los habitantes de esos lugares capeando las catástrofes como algo cotidiano:

-¿Sintió usted el seismito de anoche?
-No me enteré por el ruido que hacía el huracán
-¿Viene a comer a casa el jueves, y así miramos el volcán por la ventana?
-De acuerdo. Pediré prestada una barca, por la inundación, ya sabe...

Da la sensación de que al planeta Tierra "le molesta" que haya gente en determinados lugares de su corteza y no hiciera más que rascarse, temblar o escupir fuego por allí como invitando a la gente a que se pire.

Esta mañana escuché por la radio a las mariscadoras de Cee y Corcubión que ya daban por perdida la campaña de Navidad. El huracán y las lluvias de setiembre y octubre hicieron disminuir el nivel de sal de la costa porque los ríos vomitaron al océano demasiada agua dulce. Las riadas de octubre, encima, arrastraron a la costa la ceniza de los bosques quemados en agosto, de modo que todo ese lodo acabó por asfixiar al marisco, que ya estaba grogui por la baja salinidad.

Por todas partes piden ayudas comparando la catástrofe actual con la del Prestige. Yo ya no las distingo. A veces pienso que vivo en Guatemaliña.

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